Hace años, por casualidad, conocí a Andreína en Caracas, yo trabajaba en una institución dedicada a la promoción del cine nacional y ella venía con un proyecto bajo el brazo, de ese género arriesgado además, el documental. Un documental sobre Teresa Carreño. Y hace un año, nuevamente por casualidad, ella vino a París, donde yo misma acababa de aterrizar, para grabar parte del proyecto que ya se había puesto en marcha, Carreño vista a través de testimonios actuales: la vida de cinco mujeres influenciadas por su obra.
Teresa Carreño es un nombre grabado en la memoria colectiva del venezolano. Pero quizá está más asociado a la imagen de un teatro monumental, en el típico acabado gris de la obra limpia, brutalista, que a la historia de aquella venezolana que salpicó las crónicas de las grandes capitales del mundo, con referencias tan a menudo dirigidas a elogiar su talento como a censurar su estilo de vida.
Pensando en eso, le dije que teníamos que tomarnos un café para que me contara de qué iba el proyecto. Y fuimos a tomarnos el café.